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Lentes y gafas

Cómo limpiar las gafas sin rayarlas ni estropear el tratamiento

Casi todos los arañazos de una lente se hacen al limpiarla. El método correcto, los productos que sirven, los que la estropean y el error que comete casi todo el mundo.

Equipo de MODALENT
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10 min de lectura

Unas gafas no se estropean solas. Se estropean de a poco, en gestos de dos segundos que se repiten diez veces al día durante tres años.

Este artículo cuenta cómo limpiarlas para que la lente que se lleva hoy siga viéndose igual dentro de dos años. No son manías de óptico: casi todos los arañazos que vemos en el mostrador tienen el mismo origen, y no es una caída.

Por qué se raya una lente

El polvo que hay en el aire no es pelusa. Buena parte de él son partículas minerales, sílice sobre todo: el mismo material de la arena, y uno de los más duros que existen. Cualquier capa dura o antirreflejante que lleve su lente es bastante más blanda que eso.

De ahí sale la única regla que de verdad importa:

Una lente seca no se frota nunca. Frotar en seco es arrastrar un abrasivo por encima del cristal.

Ese es el origen de las rayas finas en círculos que aparecen en el centro de la lente al cabo de unos meses. No es un defecto de fabricación ni una lente de mala calidad: es el jersey.

Dos cosas que conviene saber, y que dan tranquilidad:

  • Un arañazo no cambia su graduación. La Academia Americana de Oftalmología es explícita: los arañazos leves no alteran la graduación ni las prestaciones de protección de la lente. Molestan si caen justo en el eje de mirada, pero no le están cambiando la vista.
  • Un rayado extenso, o la pérdida del tratamiento, sí resta nitidez y puede reducir la protección frente al ultravioleta. Ahí ya no es estético.

Y una que no da ninguna: los arañazos no se pulen. En una lente oftálmica no se pueden borrar. La superficie está calculada al micrómetro y va recubierta; lijarla sería cambiarle la graduación y quitarle las capas. Cuando una lente está rayada, se cambia. Por eso todo lo que viene a continuación merece la pena.

El método, paso a paso

Cinco pasos. El primero es el que casi nadie hace y es el que evita el 90 % del daño.

  1. Aclare las gafas bajo el grifo, con agua tibia. Antes de tocar nada. Esto arrastra el polvo y la arena, que es lo que raya. Tibia, no caliente.
  2. Una gota de lavavajillas de mano, de pH neutro. Se frota entre los dedos hasta hacer espuma y se aplica a la lente con las yemas. Este es el producto que recomienda el propio fabricante de las capas, así que puede olvidarse del bulo de que el jabón se come el antirreflejante. Lo que sí hay que evitar son los jabones cremosos o con glicerina: dejan película y obligan a frotar más, que es justo lo contrario de lo que se busca.
  3. Aclare a fondo, otra vez con agua tibia corriente. No deje restos de jabón: al secarse dejan marca.
  4. Seque con un paño de microfibra limpio, con suavidad y sin prisa. Sujetando la montura por el lado que está limpiando, no por el centro: si sujeta por el puente y frota, está torciendo la montura en cada limpieza.
  5. Si usa espray limpiagafas, rocíe el paño, no la lente. El líquido que cae sobre la lente termina metiéndose en los taladros y en los tornillos, y ahí es donde empieza el óxido y donde se afloja una montura al aire.

Cuando no hay grifo cerca —en la calle, en el coche—, el espray limpiagafas sobre el paño es el sustituto correcto. Lo que no vale es soplar y frotar.

Con qué sí y con qué no

Sirve:

  • Agua tibia corriente.
  • Lavavajillas de mano de pH neutro, una gota.
  • Espray limpiagafas.
  • Paño de microfibra limpio.
  • Toallitas de un solo uso específicas para gafas, con una advertencia de la Academia Americana de Oftalmología que conviene tomarse en serio: pueden rayar si son de mala calidad, si se usan mal o si la lente lleva arena encima. Sobre una lente sin aclarar, una toallita raya igual que un jersey.

Sobre los líquidos limpiagafas del supermercado. Alguno cumple perfectamente. El problema es que no hay forma de saber cuál: la etiqueta casi nunca declara la composición. Y lo que se juega no está repartido a partes iguales — el espray cuesta unos euros, y un antirreflejante que se queda mate no se repara: se cambia la lente entera. Si lo compra fuera, compruebe que diga expresamente que es apto para lentes con tratamiento antirreflejante y que no lleva alcohol ni amoniaco. Y no lo confunda con el limpiacristales que a veces está en el estante de al lado, que ese sí suele llevarlo.

En la óptica vendemos el mismo líquido que usamos aquí en el taller con las lentes de los clientes: sabemos qué lleva, con qué tratamientos es compatible y qué no le conviene a su montura. Si ya tiene uno en casa y no las tiene todas consigo, tráigalo y se lo miramos.

No sirve, y estropea:

  • La camiseta, el jersey, el puño de la camisa. El tejido lleva polvo y el polvo raya. Es la causa número uno.
  • Pañuelos de papel, servilletas, papel de cocina. Fibra de celulosa: rasca, y encima suelta pelusa.
  • Limpiacristales doméstico. Muchos llevan amoniaco, pensado para vidrio desnudo, no para capas sobre plástico.
  • Lejía, vinagre, acetona o quitaesmalte. La acetona ataca directamente los plásticos y los lacados de la montura.
  • El lavavajillas de máquina. Detergente muy alcalino, abrasivo y a temperatura alta, las tres cosas a la vez. Ni la montura ni el tratamiento están hechos para eso.
  • Saliva, o el vaho del aliento seguido de frote. Ni limpia ni protege: solo lubrica un poco el polvo que ya estaba ahí.

Sobre el alcohol: no hace falta. Con agua y jabón queda mejor, y hay lacados de montura y monturas de acetato que el alcohol reseca o deja mate. No es nuestra rutina y no se la recomendamos.

El paño: la pieza que más se descuida

Un paño de microfibra funciona porque atrapa la grasa. Eso significa que se satura: llega un momento en que ya no recoge nada y solo reparte lo que lleva encima. Un paño gris que emborrona en vez de limpiar es un paño que pide lavado, no otro pase.

  • Lávelo a menudo, a mano o a máquina, con agua templada.
  • Sin suavizante. El suavizante deja una película que anula la microfibra y luego se transfiere a la lente.
  • Guárdelo en el estuche, no suelto en el bolso ni en el bolsillo. Un paño que vive suelto recoge arena, y entonces el paño se convierte en lija.
  • La bolsita de tela que viene con las gafas es para guardarlas, no para limpiarlas. Acumula suciedad en el fondo.

Tenga dos o tres y vaya rotándolos. Cuestan poco y son lo único que toca la lente todos los días.

El calor es lo que de verdad mata un tratamiento

Aquí está el daño que no se puede arreglar y del que casi nadie avisa.

El fabricante de las capas pone la cifra: por encima de 80 °C se dañan la lente y sus tratamientos. El salpicadero de un coche cerrado al sol, en Mazarrón en julio, pasa de esa temperatura sin ninguna dificultad.

Lo que ocurre es que la lente y las capas que lleva encima se dilatan de forma distinta. Al estar pegadas una a otra, esa diferencia genera tensión, y la capa acaba agrietándose en una red finísima de grietas —lo que en el oficio se llama crazing—. Parece que la lente esté rota. No lo está: lo que se ha roto es el tratamiento. Y no tiene arreglo; la lente se cambia.

Así que:

  • Nunca en el salpicadero. Ni «un momento».
  • Ni sauna, ni horno abierto, ni barbacoa, ni radiador. Ni al sol directo encima de una mesa.
  • Cuidado con el secador de pelo y con el aire caliente del coche apuntando a la cara.
  • El frío también. Una montura puede deformarse con frío intenso: no las deje toda la noche en el coche en invierno.

Aquí, en la costa: salitre, crema y arena

Vivimos en la playa, y eso añade tres enemigos que no salen en los manuales.

El salitre. Al secarse cristaliza, y esos cristales son abrasivos. Volver del paseo marítimo y pasar el paño en seco es la peor combinación posible. Aclare con agua dulce, siempre. Y hay una segunda razón: el salitre corroe tornillos, bisagras y varillas metálicas. Una montura de metal en la costa necesita que le aprieten los tornillos más a menudo que tierra adentro.

La crema solar. Es grasa con disolventes. Deja una película que no sale de una pasada y obliga a insistir con el paño. En cuanto se manche, lávelas con agua y jabón; no lo deje para la noche.

La arena. Ni un roce en seco. Aclarar primero, siempre y sin excepción. Un solo grano de arena entre el paño y la lente hace una raya que ya no se va.

Y la piscina: el cloro tampoco le sienta bien a los lacados. Aclare al salir.

Cómo quitárselas y dónde dejarlas

  • Con las dos manos. Quitárselas con una mano, tirando de una varilla, tuerce la montura poco a poco. Y aquí no es una cuestión estética: la graduación está calculada para una posición concreta de la lente respecto al ojo. Una montura torcida coloca mal esa lente, y con progresivas eso se nota en el pasillo de visión intermedia.
  • No las lleve en la cabeza. Abre las varillas y engrasa las patillas.
  • Nunca boca abajo sobre una mesa. Si no tiene estuche a mano: plegadas y con las lentes hacia arriba.
  • Estuche rígido, mejor que funda de tela. La funda protege del polvo; no protege de un bolso.
  • Evite dejarlas en el baño, donde caen las lacas y los desodorantes en espray: dejan una película muy pegajosa de quitar.

Cada cuánto conviene traerlas

Dos cosas que hacemos aquí y que alargan la vida de unas gafas más que cualquier producto:

El baño de ultrasonidos. Es la forma más suave y más eficaz de quitar la suciedad acumulada en las ranuras, en las plaquetas y en el borde de la lente, justo donde el paño no llega. Tarda un par de minutos. Cada seis meses es una buena pauta.

El ajuste de la montura. Como decíamos arriba, la graduación depende de dónde se apoya la lente. Una montura que ha ido cediendo con los meses baja el centro óptico y le hace mirar por donde no toca. Se corrige en cinco minutos.

Puede pasarse por la óptica a que le hagamos las dos cosas sin pedir hora.

Lo que más nos preguntan

¿Se pueden pulir los arañazos? No. Ni con pasta de dientes, ni con los kits que se anuncian por internet. En el mejor de los casos no hacen nada; en el peor, arrancan lo que quede del tratamiento.

¿Puedo cambiar solo el antirreflejante y aprovechar la lente? No. El tratamiento se aplica a la lente en fábrica, en vacío. No es una pegatina que se sustituya.

¿Un arañazo me está haciendo daño a la vista? No. Molesta y cansa, pero no le está dañando el ojo ni cambiándole la graduación.

¿Y las toallitas del súper? Las específicas para gafas, sí, con la precaución de aclarar antes si hay arena. Las de bebé o las desinfectantes de superficies, no: llevan aceites o alcoholes que no pintan nada ahí.

¿Vale cualquier líquido limpiagafas del supermercado? Puede que el suyo sí, pero por la etiqueta no se sabe, y ese es justo el problema: si lleva alcohol o amoniaco, el antirreflejante se queda mate y eso no tiene arreglo. Cómprelo donde puedan decirle qué lleva. Y si ya tiene uno en casa, tráiganoslo y le decimos si puede seguir usándolo.

¿Cada cuánto hay que limpiarlas? Una vez al día, bien, con agua. Es mucho mejor que seis pasadas en seco.

Se me empañan con la mascarilla o al entrar en un sitio con aire acondicionado. Eso no es suciedad y no se arregla frotando. Hay tratamientos antivaho y hay trucos de colocación; pregúntenos y lo vemos con sus gafas delante.

Fuentes

  1. ZEISS — What’s the right way to clean and care for your glasses?
  2. ZEISS — How should I take care of my prescription spectacle lenses?
  3. American Academy of Ophthalmology — Cleaning Eyeglasses
  4. American Academy of Ophthalmology — Do scratched eyeglasses have to be replaced?

La información de esta web es divulgativa y no sustituye a una consulta profesional. Ante cualquier síntoma, acuda a su óptico-optometrista, audioprotesista o médico.