Audición
Oigo, pero no entiendo: qué está pasando ahí
Se pierden primero los agudos, que son los sonidos que dan sentido a las palabras. Por eso llega el volumen y no llega la frase. Señales y qué hacer.
- Equipo de MODALENT
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Es la frase con la que empieza casi todo: “Yo oigo perfectamente, lo que pasa es que la gente no vocaliza”.
Quien la dice tiene razón en la primera mitad. Oye. Nota el volumen, sabe que le están hablando, se entera de si la voz es de hombre o de mujer. Lo que no consigue es reconstruir la palabra.
No es una manía ni una excusa. Es la descripción exacta de lo que ocurre dentro del oído, y tiene explicación.
Las consonantes van por lo alto
Una palabra hablada se compone de dos tipos de sonido.
Las vocales son sonidos graves y potentes. Llevan casi toda la energía, es decir, casi todo el volumen. Son las que hacen que usted note que alguien está hablando desde la otra habitación.
Las consonantes son sonidos agudos y débiles. La s, la f, la z, la ch, la k, la t, la p. Llevan poquísima energía y, en cambio, llevan la información. Son las que distinguen “pino” de “fino”, “sopa” de “copa”, “gato” de “pato”.
La pérdida auditiva asociada a la edad ataca precisamente los agudos. La bibliografía médica lo describe como el rasgo característico de la presbiacusia: la dificultad para percibir y discriminar las consonantes de tono alto frente a las vocales, de tono más bajo, de modo que el habla ajena suena murmurada o amortiguada.
Traducido: a usted le llega el volumen entero de la frase y le faltan las piezas que la hacen inteligible. El cerebro rellena lo que puede, y por eso funciona bien en una conversación de dos en el salón y se derrumba en un restaurante.
Por qué no se nota venir
Cuatro razones, y todas juegan en contra.
Es gradual. El instituto nacional estadounidense de sordera lo describe como una pérdida que se produce poco a poco a medida que envejecemos. Nadie percibe un cambio de un 2% al año.
Es simétrica. Afecta a los dos oídos, así que no hay un oído bueno con el que comparar. Si le fallara solo uno, lo habría detectado en una semana.
El cerebro compensa. Lee los labios sin que usted lo sepa, deduce por contexto y da por buenas frases que solo ha entendido a medias. Compensa tan bien que usted no nota el esfuerzo hasta que llega la noche y está agotado sin haber hecho nada.
El entorno se adapta. La familia empieza a hablar más alto, a repetir y a decir “da igual, no era importante”, y el problema se hace invisible dentro de casa.
Y hay una razón más, que no es fisiológica. La pérdida de vista se corrige con unas gafas y nadie ve en ellas un signo de vejez. La pérdida de oído todavía arrastra ese estigma. Es injusto y es caro.
Las señales
Léalas pensando en los últimos seis meses. Con tres o más, merece la pena una valoración.
- Sube el volumen de la televisión más que el resto de la casa, y alguien se lo ha comentado.
- En los restaurantes y en las comidas familiares pierde el hilo. Es la señal más precoz de todas.
- Le cuesta el teléfono, sobre todo con números y con nombres.
- Oye mejor a los hombres que a las mujeres, y peor todavía a los niños. Sus voces son más agudas.
- Pide que le repitan varias veces al día, o dice “¿cómo?” por costumbre para ganar un segundo.
- Le parece que todo el mundo habla entre dientes.
- No localiza de dónde viene un sonido: el timbre, el móvil, un coche que se acerca.
- Oye un pitido o un zumbido constante, sobre todo en silencio.
- Se cansa de estar con gente y ha empezado a rechazar planes con más de tres personas.
Esa última señal es la que más importa, y la que menos se cuenta. La Organización Mundial de la Salud vincula la pérdida auditiva no atendida con dificultades de comunicación, aislamiento social y soledad.
La prueba casera que sí sirve de algo
Ninguna prueba en casa sustituye a una audiometría. Pero hay una que orienta bien y solo necesita una persona más.
Pídale a alguien que se coloque a su espalda, a unos dos metros, y que le diga en voz normal palabras sueltas de dos sílabas: “silla”, “queso”, “playa”, “coche”, “pesca”. Sin verle la cara. Sin contexto. Repítalo con la televisión encendida a volumen bajo de fondo.
Si con la cara delante entiende y de espaldas falla, no es que la gente no vocalice. Es que usted estaba leyendo los labios.
El dato incómodo: diez años
La guía del instituto británico NICE sobre pérdida auditiva en adultos lo resume así: los datos sugieren que la mayoría de las personas con pérdida auditiva han convivido con sus síntomas durante diez años antes de ser derivadas a la intervención adecuada.
Diez años. Es más de lo que nadie tardaría en ir al médico por cualquier otra cosa, y ocurre porque la pérdida es lenta, porque no duele y porque no hay un día concreto en el que uno decida que ya toca.
Mientras tanto, la pérdida auditiva asociada a la edad es de las cosas más comunes que le pasan a una persona mayor: según el instituto nacional estadounidense de sordera, aproximadamente una de cada tres personas entre 65 y 74 años tiene pérdida auditiva, y casi la mitad de los mayores de 75.
Por qué esperar tiene un coste
Oír y entender son dos capacidades distintas, y no se pierden a la vez.
La primera que se resiente es la audibilidad: hay sonidos que ya no llegan. Esa parte se compensa con amplificación.
La segunda es la discriminación: la capacidad de convertir lo que llega en palabras. Depende del oído y también del cerebro, que necesita seguir recibiendo estímulo para mantener la práctica. Un oído que pasa años sin recibir los agudos deja de estar entrenado para procesarlos.
Por eso, dos personas con audiogramas idénticos pueden obtener resultados muy distintos con el mismo audífono, y por eso una adaptación temprana suele ir mejor que una tardía. No es una promesa de resultado. Es la razón por la que en audiología se insiste tanto en no dejarlo correr.
Cuándo hay que ir al médico, no a la óptica
Estas situaciones no son presbiacusia y requieren valoración médica sin esperar:
- Pérdida de audición repentina, en horas o en un día. Es una urgencia otorrinolaringológica.
- Pérdida en un solo oído, o clara asimetría entre los dos.
- Dolor de oído, supuración o sangrado.
- Vértigo o inestabilidad acompañando a la pérdida.
- Un acúfeno en un solo oído, sobre todo si es pulsátil.
- Pérdida tras un golpe en la cabeza o tras una explosión.
En cualquiera de esos casos, un centro auditivo hace lo correcto derivando. Nosotros observamos signos que requieren valoración médica y le decimos a dónde ir.
Qué es una valoración auditiva de verdad
No es apretar un botón cuando suena un pitido. Una valoración completa incluye, como mínimo:
- Otoscopia, para ver el conducto y el tímpano. Un tapón de cerumen produce por sí solo una pérdida notable y se resuelve sin más.
- Audiometría tonal, que mide el umbral en cada frecuencia y dibuja el audiograma. Ahí se ve, literalmente, la caída de los agudos.
- Logoaudiometría, que mide cuántas palabras entiende usted y a qué volumen. Es la prueba que responde a “oigo pero no entiendo”, y es la que muchas veces no se hace.
- Timpanometría, para valorar el oído medio.
- Una conversación sobre su vida: si conduce, si come con mucha gente, si habla por teléfono con hijos que viven fuera, cuánto ruido ha tenido en su trabajo.
De ahí sale un audiograma que se guarda y con el que se compara la revisión siguiente. Esa serie de audiogramas a lo largo de los años vale más que cualquier prueba aislada.
Antes de pedir cita
En esta web tiene un cribado auditivo que puede hacer usted mismo, en su idioma y desde su casa. Dura pocos minutos, no le pide ni un solo dato y le dice si conviene o no dar el siguiente paso.
Es un cribado, no un diagnóstico. Ninguna prueba hecha en casa, aunque se haga con auriculares como pide el propio test, puede sustituir a una cabina. Pero sirve para lo único que importa a estas alturas: dejar de discutir sobre si la gente vocaliza y poner un número encima de la mesa.
Y si el resultado sale limpio, ya tiene usted su referencia para dentro de un año.
Fuentes
La información de esta web es divulgativa y no sustituye a una consulta profesional. Ante cualquier síntoma, acuda a su óptico-optometrista, audioprotesista o médico.